viernes, 27 de abril de 2012


5to ES
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Glifosato, un herbicida sin control Por  Fundación de Ambientes y Recursos Naturales (FARN)

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La siembra masiva de soja transgénica, no sólo en el campo sino también en zonas muy cercanas a los cascos urbanos, trajo aparejados fuertes cuestionamientos sobre la aplicación de agroquímicos, cuyas consecuencias aún son imprevisibles, y ha motivado que el tema del uso de pesticidas sea puesto bajo la lupa judicial.

 Durante el 2009 se sucedieron hechos que hicieron evidente la falta de una discusión y tratamiento del tema de los agroquímicos, a la vez que mostraron la existencia de fuertes posiciones antagónicas, incluso en el ámbito científico, como consecuencia del llamado “Informe Carrasco”  y la respuesta al mismo por un grupo de científicos del Conicet.

 La soja RR (Roundup Ready) fue diseñada para usarla junto con el glifosato que es considerado un herbicida, concepto que puede corroborarse en la Guía de Productos Fitosanitarios. Ahora bien, este paquete tecnológico requiere un uso apropiado del mismo con miras a una correcta aplicación y una protección de la salud y el ambiente en todo el territorio de la Nación, en particular las prácticas asociadas con aspersiones aéreas para los cultivos de Soja RR.

 El glifosato, a principios de 2010, representaba el 37% del total de herbicidas utilizados en la producción agrícola argentina, por lo que su importancia en el actual modo de producción agraria es tan grande que lo han llevado a ser un insumo estratégico y con el mismo nivel de dependencia que el gasoil para la actividad.

 A pesar de que el consumo de estos productos está en constante aumento, no contamos a nivel nacional con un marco normativo adecuado con respecto al embalaje, distribución, aplicación (épocas del año, condiciones climáticas, características de suelos y napas, poblaciones cercanas, existencia de especies en peligro de extinción, etc.).Es prioritaria la necesidad de abordar el fenómeno de la expansión de la frontera agrícola trascendiendo el coyuntural posicionamiento líder de la soja, y así planificar y ordenar el desarrollo sustentable del sector con una perspectiva de corto, mediano y largo plazo.

 En ese sentido, también resulta esencial la adopción de medidas de índole económica y fiscal que incentiven prácticas agrícolas orientadas a un uso sostenible del territorio y la imposición de tasas o impuestos que desmotiven el uso inapropiado del suelo y que complementen las estrategias regulatorias.

 Entre las recomendaciones más destacadas para un mejor funcionamiento del sistema existente y un apropiado uso de los productos fitosanitarios se destacan:

 • Promover el tratamiento y la sanción de una ley de presupuestos mínimos de manejo integral de los productos fitosanitarios, desde su producción, pasando por su comercialización y utilización hasta su disposición segura (productos y envases), con la finalidad de dar un tratamiento inequívoco y armonizado en todo el territorio nacional de cuestiones fundamentales.

 • Propender a la sistematización de la normativa existente, especialmente a nivel nacional, dado que existe una numerosa cantidad de normas de diversa jerarquía y temáticas que se encuentran dispersas. Esto es un factor que influye negativamente en la aplicación y cumplimiento de la normativa ambiental tanto para los reguladores y aplicadores como para los ciudadanos y los usuarios del sector privado.

 • Reforzar y promover una ampliación del sistema federal creado en el marco de la autoridad nacional, dado que el uso de pesticidas involucra intereses inter-jurisdiccionales, y que existen dificultades presupuestarias para el control, y carencia de políticas públicas provinciales.

 • Fomentar la observancia de las buenas prácticas agrícolas.

 • Garantizar que la sociedad civil cuente con el debido acceso a la información respecto del uso y gestión de productos fitosanitarios.



 • Impulsar que las autoridades ambientales generen, sistematicen y pongan a disposición, información sobre los efectos actuales que está generando la utilización de pesticidas (fitosanitarios) sobre ecosistemas frágiles cercanos a zonas de alta productividad, así como también un registro de los problemas ambientales centrales por regiones, y de las acciones de mitigación de impacto que se estuvieren promoviendo actualmente y para el futuro.

 • Aumentar la conciencia pública sobre los efectos en la salud y el medio ambiente derivados del uso de los agroquímicos y la importancia de mejorar su marco normativo a través del contacto sostenido con medios de comunicación masiva. Es fundamental que el Estado promueva la investigación de los efectos de los agroquímicos en la salud y el ambiente.

“Ni siquiera somos el granero del mundo, somos el pastizal" por  Ignacio Jawtuschenko

Alberto Lapolla es un ingeniero agrónomo especializado en genética, estudioso del modelo sojero, que despliega sus críticas con convicción y fundamentos. Director del Instituto de Investigación de la Central de Movimientos Populares y asesor de la Comisión Nacional de Tierras

– ¿Cuál es la correlación entre la concentración de la tierra y el boom sojero?

 El germen de la sojización estuvo en esencia en la última dictadura militar y la convertibilidad menemista. Es un abandono del modelo industrial y el retorno al modelo agroexportador concentrado, cuya historia se entiende en perspectiva: los terratenientes son los descendientes directos de los encomenderos españoles.

 – ¿Hay una continuidad? ¿Y la Revolución de Mayo?

 –Castelli, Moreno y Artigas fueron derrotados en este punto. No se liquidaron los latifundios. Donde se logra tener una política agraria distinta, no basada en el latifundio, es en el Paraguay de Gaspar Rodríguez de Francia, que aplica el Plan Revolucionario de Operaciones de Moreno. Allí la tierra es del Estado. Con Rivadavia, Rosas, Mitre y Roca continúa la concentración de la tierra en pocas manos. En 1960, teníamos 660.000 productores; hoy tenemos menos de la mitad, y 6.900 propietarios son dueños del 49,7 por ciento, unas 80.000.000 de hectáreas.

 – ¿Cuáles son sus críticas al actual paradigma agropecuario?

 –La sojización tiene impactos estructurales. Hemos dejado de producir alimentos –carne, leche, trigo maíz, producción ovina, apícola, frutas, hortalizas y miel, entre otros– para producir un forraje, “pasto-soja”. En la localidad bonaerense de San Pedro había montes de 80 años que fueron limpiados para hacer soja. Es una materia prima que se exporta en un 95% con la que estamos subsidiando la industrialización de China y la India. Ni siquiera somos el granero del mundo, somos el pastizal.

 – ¿Cuál es el impacto social de esta realidad?

 –Los pequeños y medianos productores son los desaparecidos del modelo sojero. Cada mil hectáreas de soja, se crean dos puestos de trabajo pero se destruyen nueve de cada 10. En cambio, 100 hectáreas de agricultura familiar emplean entre 10 y 20 trabajadores. Además, sobre cerca de 1.200.000 trabajadores agrarios, sólo 350.000 están en blanco. Los agricultores hortícolas han sido de los más castigados.

 – ¿Por qué?

 –El glifosato rociado desde los aviones destruye los cultivos de verduras cercanos a los campos de soja. El sistema consume gran cantidad de agrotóxicos, todos cancerígenos. Hemos perdido 13.000.000 de hectáreas en Pampa Húmeda para el ganado. La ganadería está recluida en los feedlots, donde se producen 11 de las 14.000.000 de cabezas de ganado que se consumen. Es una carne de mala calidad, son animales sometidos a mucha tensión, que consumen hormonas, granos y alimento balanceado, en lugar de pasto y forraje, lo cual afecta su valor nutricional y fisiológico.

 –Hace poco, en Córdoba, la AFIP detectó maniobras fraudulentas en la comercialización por más de 2.500.000 toneladas de granos y detuvo a más de 20 personas.

 –Sí, gran parte del negocio de la soja es en negro, se hace todo de palabra. Este año, el complejo sojero producirá  19.000.000.000 de dólares. La soja transgénica sólo se puede cultivar en 20 países del mundo. En Europa no se permite.

 – ¿Por sus impactos en el ambiente?

 –Claro, la transgenia afecta al ambiente. Cultivamos decenas de millones de hectáreas de una soja cuya composición no conocemos. Requeriría de la realización de estudios de largo aliento que no se hacen. Estamos jugando con el ecosistema y la salud de la población.

 – ¿Qué opina del estudio que hace un tiempo presentó Andrés Carrasco?

 –Estoy de acuerdo. Según el informe, en sus estudios realizados en anfibios, no hizo más que comprobar que el Round Up (producto comercial del glifosato) causa la muerte de las células embrionarias y del cordón umbilical dando lugar a malformaciones y tumores. El problema es que acá no se puede prohibir el glifosato por el enorme poder de Monsanto y el lobby sojero.

 – Hay una disputa por la legitimidad. En aquel momento el ministro Barañao le restó validez, diciendo que no estaba publicado en ninguna revista científica y que esa investigación no se había hecho en el marco del Conicet...

 –Ya lo publicará. Su trabajo fue realizado en el Laboratorio de Embriología Molecular de la Facultad de Medicina de la UBA. Carrasco comprobó los efectos, en la línea de los estudios del equipo del francés Gilles-Eric Seralini. Lo que tiene que descubrir ahora son las causas metabólicas, las enzimas que actúan sobre las proteínas y eso le puede llevar más tiempo. De todas maneras, Carrasco fue muy valiente en darlo a conocer. El problema es que el ministro Barañao es parte de la industria biotecnológica. Cuando por 1984 Carrasco era mencionado para el Premio Nobel por su descubrimiento de los genes Hox, nadie salió a descalificarlo como en esta oportunidad.

 – Pero, ¿cuál sería la solución? El Estado formalmente niega la toxicidad del glifosato.

 –La solución es salir paulatinamente del monocultivo de soja. Hay que prohibir las fumigaciones aéreas, porque el viento las lleva. Permitir las terrestres sólo a mil metros de distancia de cualquier poblado, para evitar lo que sucedió en el barrio Ituzaingó de Córdoba, donde hay 200 casos de cáncer y leucemia en una población de 4.000. Repoblar el campo, recuperando producción y soberanía alimentaria. Lo ideal sería un gran debate nacional, con participación de todos los sectores, y con una policía ambiental que controle eficientemente las prácticas, porque no se puede seguir fumigando con aviones como en la selva de Colombia, para luchar contra las plantaciones de coca.

 – ¿Qué deberían hacer el INTA y las facultades de Agronomía?

 –De una vez por todas tienen que estudiar el glifosato. Hoy hay un pensamiento único sojero, perdieron la capacidad para pensar en otros términos económicos e ideológicos.

El malestar de la Argentina sojera  por  Ignacio Jawtuschenko  VERSIÓN ADAPTADA

La de la soja es una controversia que interpela a toda la sociedad y con especial aspereza al sistema científico técnico. Los sectores pro y los anti en un diálogo de sordos, cruzan acusaciones. Es una antinomia en la que salud y calidad de vida se contraponen al éxito económico del campo, y en la que cada parte cita los estudios científicos que le conviene y omite mencionar los que no apoyan sus argumentos. En ese contexto, la sojización prolifera y pone en tensión a las identidades sociales, las culturas rurales, las políticas públicas de desarrollo y el comercio con la otra punta del globo.

 “La soja y sus prácticas están cruzadas por polémicas con raíces profundas que convocan a múltiples actores a discusiones todas importantes: los riesgos de contaminación y la biodiversidad, el patentamiento y la mercantilización de la ciencia, y la diversidad biológica y cultural”, analiza Ana María Vara investigadora del Centro José Babini de Estudios de la Ciencia y la Tecnología de la Escuela de Humanidades de la Universidad Nacional de San Martín.

 A esta forma de agricultura se la señala tanto como una imposición del mercado mundial, reproductora de inequidades sociales, como por la tecnología beneficiosa, columna vertebral de la recuperación económica del país.

En 2010, los campos se fumigarán con un océano de 300 millones de litros de glifosato y cada tonelada de soja cultivada extraerá 80 kilos de nitrógeno, 33 de potasio y 8 de fósforo, entre otros nutrientes.



“Con el monocultivo se destruyen las plantaciones autóctonas y se las reemplaza por cultivos para un mercado global. La tendencia es hacia la homogeneización de la producción de alimentos. Esta agricultura de escala es la puesta en práctica de una receta de agro-tóxicos, que destruye la vida, la tierra y la vida de la tierra”, observa el médico Jorge Kaczewer, miembro del Grupo de Reflexión Rural (GRR).

 Cultivar es domesticar el tiempo.

Pasar de la caza y la pesca a la previsión agrícola representó un salto cuántico. Pero desde el arado ancestral y el respeto a la Pachamama a la agricultura de escala industrial de hoy, se han dado al menos dos inflexiones. La primera fue la llamada “ Revolución  Verde”, aquel sideral incremento de la producción agrícola de los ’60. La segunda bisagra llegó en los ’90 con el paquete de la biotecnología. Jugando a ser Dios, en la asepsia del laboratorio, pistolas cargadas de genes intervienen en los cromosomas de los vegetales para transferir rasgos deseables, como, por ejemplo, la resistencia a un herbicida total como el glifosato. Pero tiene sus beneficios: los nuevos tipos de semillas desarrollados por ingeniería genética se patentan y se licencian igual que un software.

 Pasaporte al Primer  Mundo.

La revolución productiva generada por la siembra directa la hizo el ex secretario de Agricultura menemista Felipe Solá, que permitió a Monsanto traerla de los Estados Unidos e implantarla a velocidad récord. A caballo de una campaña de promoción para lograr una aceptación social, bajos costos y simplicidad técnica, el paquete tecnológico de este sistema de siembra era el pasaporte para que el país ingresara al Primer  Mundo. Para el ingeniero agrónomo Alfredo Galli, ex técnico del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), “no hubo rigor científico. La soja entró por la ventana burlándose de las instituciones nacionales. Los estudios fueron presentados por la propia Monsanto, sin siquiera traducirlos ni contrastarlos. Primó el interés de la empresa”. En 1996, se autorizaron también otros cultivos transgénicos, como algodón y dos variedades de maíz resistentes a insectos. Ese año era transgénica sólo el 0,7 por ciento del total de la soja sembrada. A partir del 2002, el 100 por ciento. En la Argentina el uso del glifosato es excluyente, casi no se usa otro herbicida.

Los herbicidas han evolucionado desde los selectivos (para algunas malezas) a los de amplio espectro y finalmente los totales como el glifosato, diseñados para que eliminen toda vegetación con la que toma contacto. “Nos hicieron creer que era el menos tóxico para los seres humanos y el más amigable para el ambiente”, señala Kaczewer.

 Efectos adversos

Hay quien puede decir que la biotecnología es inocua y confiable porque está detrás de las fermentaciones que producen vino, cerveza, pan, quesos y yogur. Pero la marea transgénica no es color de rosa. Si bien es escalofriante, la opacidad de la información y la falta de estudios en las universidades sobre efectos de agrotóxicos en humanos, días atrás, la Comisión de Investigación del Agua del Chaco fue la primera en confirmar oficialmente la relación entre los agroquímicos y el aumento de enfermedades en la localidad de La Leonesa, cerca de Resistencia. El ministro de Educación de esa provincia, Francisco Romero, dijo: “Desde las forestales, la de esta provincia ha sido una historia de expoliación irracional de los recursos naturales. En las últimas décadas, la tierra pública fue saqueada para plantar soja. En 1995 teníamos 5.000.000 de hectáreas de tierras fiscales y, en 2007, quedaban 600.000. Aunque ya hemos logrado recuperar unas 600.000 que fueron vendidas ilegalmente, tenemos una deuda en la política ambiental. Por ejemplo, en la escuela rural de Cancha Larga, en el departamento Bermejo, donde han aparecido síntomas preocupantes en los chicos, estamos trabajando fuertemente en la educación eco-ambiental y la organización social”.

 Consultado por este diario, el Ingeniero Enrique Martínez, titular del Instituto de Tecnología Industrial (INTI), aseveró: “No hay inocencia científica. Podrá haber ignorancia o indiferencia culposas, o acción u omisiones dolosas, pero en cualquier caso, los científicos y técnicos somos responsables ante la sociedad. Lo crítico es que la agricultura industrial prioriza el negocio por sobre la relación hombre-suelo. La actividad se ha simplificado al extremo de convertirse en extractiva, como la minería”. Martínez pone a la sojización en la mira y propone que desde el Estado se trabaje en “una ley del uso del suelo rural, que evite exponer a las tierras al riesgo de perder la fertilidad y convertirlas en un páramo y una normativa rigurosa para el uso de herbicidas y pesticidas”.


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